Shakespeer y Shakespeare.


Shakespeer
acontece en un cruce improbable de dos sentidos.

El primero, en la unión de dos palabras: shake [-up] (sacudir, agitar, remover bruscamente; debilitar, desalentar... pero también zafarse, liberarse). Y peer que, en una de sus acepciones señala a quienes son pares en un grupo (por edad, posición social y/o habilidades) y en laotra acepción describe la posesión de título nobiliario en el Reino Unido (esto incluye a quienes alcanzan honor de
Lord y por eso su lugar en la Cámara).

El segundo sentido es más intuitivo: la similitud fonética con el apellido del genial William, quien conocía varios (más) de los vericuetos del corazón humano.


En ese cruce breve, en ese chispazo más que improbable, en ese enlace natural, se despliega este blog.


18/10/2011

Historia para Callarse

Hace un tiempo, encontré esta historia en ese enigmático libro que escribió Paul Auter en tres tiempos, y que juntos, los editores apodaron 'La Trilogía de New York'. Por alguna razón -que creo desconocer- no la recomentaré, ni la resignificaré y menos que menos la relacionaré con otra historia (filmada o narrada, tanto da). Sólo diré -y ya me estoy contradiciendo-, que versa acerca del tiempo y lo que creemos su verdadero padecimiento: la inexorabilidad... el problema está en que, cuando la progresión no acontece del modo en que estamos acostumbrados, nos impresionamos porque así no lo hizo. En otras palabras, la inexorabilidad de la que nos quejamos, es, a veces, lo más soportable que nos puede pasar. Deberíamos saberlo.  



'Re­cuerda una historia de una de las infinitas revistas que ha leído esa semana, una nueva de aparición mensual que se llama Más Extraño que la Ficción, que parece seguir el hilo de todos los otros pensamientos que acaban de venirle a la cabeza. En al­gún lugar de los Alpes franceses, recuerda, hace veinte o vein­ticinco años desapareció un hombre que estaba esquiando, tra­gado por una avalancha, y su cuerpo nunca fue recuperado. Su hijo, que era un niño entonces, creció y también se hizo es­quiador. Un día del año pasado fue a esquiar no lejos del lugar donde desapareció su padre, aunque él no lo sabía. Debido a los minúsculos y persistentes desplazamientos del hielo a lo largo de las décadas transcurridas desde la muerte de su pa­dre, el terreno era ahora totalmente diferente de como había sido. Completamente solo en las montañas, a kilómetros de ningún otro ser humano, el hijo encontró un cuerpo en el hielo, un cadáver, absolutamente intacto, como preservado en animación suspendida. Por descontado, el joven se detuvo a examinarlo y al agacharse para mirar la cara del cadáver tuvo la clara y aterradora impresión de que se estaba mirando a sí mismo. Temblando de miedo, como decía el articulo, inspec­cionó con más atención el cuerpo, completamente encerrado en el hielo, como alguien que se halla al otro lado de una gruesa ventana, y vio que era su padre. El muerto seguía siendo joven, incluso más joven que su hijo ahora, y había algo espantoso en eso, sintió Azul, algo tan extraño y terrible en ser más viejo que tu propio padre, que tuvo que contener las lágrimas mientras leía el articulo.


Parece que lo inexorable es siempre preferible. Para algunos, incluso es lo necesario (y por tanto, nada menos apropiado que quejarse de ello)...





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