Shakespeer y Shakespeare.


Shakespeer
acontece en un cruce improbable de dos sentidos.

El primero, en la unión de dos palabras: shake [-up] (sacudir, agitar, remover bruscamente; debilitar, desalentar... pero también zafarse, liberarse). Y peer que, en una de sus acepciones señala a quienes son pares en un grupo (por edad, posición social y/o habilidades) y en laotra acepción describe la posesión de título nobiliario en el Reino Unido (esto incluye a quienes alcanzan honor de
Lord y por eso su lugar en la Cámara).

El segundo sentido es más intuitivo: la similitud fonética con el apellido del genial William, quien conocía varios (más) de los vericuetos del corazón humano.


En ese cruce breve, en ese chispazo más que improbable, en ese enlace natural, se despliega este blog.


13/07/2011

Tener y Querer Tener.


 Diógenes, el filósofo, estaba recostado junto a un tonel, mirando y contemplando los agasajos que el pueblo entero de Corinto hacía a Alejandro, el Magno. El sol le permitía ver ese espectáculo y además le acariciaba la cara. El digno rey se acercó y, mientras eclipsaba el sol sobre Diógenes, le dijo:

-Yo soy el rey Alejandro - presentádose.
-Y yo soy Diógenes, el perro - le respondió el filósofo.
-¿Por qué te haces llamar 'perro'? - preguntó el Magno.
-Porque acaricio a los que me dan, ladro a los que no me dan y muerdo a los malvados - dijo Diógenes, orgulloso.
- Pídeme lo que quieras y lo tendrás -  dijo Alejandro.
- Lo que quiero es que dejes de tapar mi sol - dijo Diógenes, pacífico y solícito.


Luego de ello, dicen que el macedonio le dijo a sus acompañantes: 'Por Zeus, si no fuese Alejandro, querría ser Diógenes'.











11/07/2011

Sin título (XVI)



Nada está perdido si se tiene el valor de proclamar que todo está perdido y hay que empezar de nuevo.



Julio Cortázar






07/07/2011

The Seventh Veil

Unfortunatelly, they are still in there...
There's movie dialogues that have no match at all... may be is not just the words and the message, but also the performers, or the whole picture in wich they are include... even the cinematographic composition as a whole. So would be all those components wich make them so, so amazing. Otherwise, could just be only the good hand of the scriptwriters. Whatever be the reason, the british film The Seventh Veil, directed in 1945 by Compton Benett, has one of the best dialogues about human condition and what it turns out in front of others. Let's now make those lines talk for themselves:


[Before that, and in order to catch the meaning of this dialogue, let's only say a few introductory words (in case you don't see the movie I won't spoil nothing of it): The patient is a concert pianist who is almost catatonic, but this condiction is only psicological since she hasn't got another kind of organic injure to become in that state. Her doctor, Doctor Larsen, in the flesh of a very young Hebert Lom, is the one who tells in the asylum to Doctor Kendall:]



Doctor Larsen: -She does not speak at all if you question her? 
Doctor Kendall: -She doesn't answer. One will think she didn't hear if one doesn't know what she does.
Doctor Larsen: -She would talk to me. I should like to exame her under hypnosis.
Doctor Kendall: -Rather she is not cooperating under narcosis. And you really thinking it will help?
Doctor Larsen: -It may do. At least it'll tell us the nature of the injury to her mind. 
Doctor Kendall: -I know you fellows get remarkable results but I can't say I altogether like it. It seems a little prying. You see what I mean, Dr. Kendall.
Doctor Larsen: -The surgeon doesn't operate without first taking off the patient's cloth. Or nor do we with the mind. You know what the staple says: the human mind is like Salome at the begining of her dance. Hiden from the outside world by seven veils - veils of preserve, shyness, fear, that would go with friends. The average person will drop first one veil, then another, maybe three or four together. With a lover, she would take the fiveth, or even the sixth, but never the seventh. Never, you see: The human mind likes to cover its nakeness also to itself in order to keep its privicy. Salome drops some of hers but you never get a human mind to do that. And that's why I used narcosis. Five minutes on the narcosis and down to the seventh veil. Then we can see what is actually going on behind. Then we can really help... I'll be back tommorrow at 3 o'clock. You have the patient ready please, and goodbye. Dr. Kendall.



Seems that Doctor Kendall used a good metaphor to say how this cage above our shoulders work... didn't he?






04/07/2011

Una Buena Historia

Degustando unos sabrosos zapatos hervidos...
Seguramente conocen el dato porque es mencionado en el thriller Lucky Number Slevin (McGuigan, 2006). Aquí, el Señor Goodkat (interpretado por Bruce Willis), le cuenta a una de sus víctimas lo que para él es una 'buena historia': 'Charlie Chaplin participó una vez en un concurso de parecidos en Monte Carlo y obtuvo el tercer lugar. Eso es una buena historia'  (Charlie Chaplin once entered a Charlie Chaplin look-alike contest in Monte Carlo and came in third; that's a story). Pero lo cierto es que esta buena historia estuvo muchas décadas en el dominio público de los mitos urbanos, aunque tal vez, un poquito modificado, ya que se lo conocía como 'Charlie Chaplin, alguna vez perdió en un concurso de parecidos a Charlie Chaplin'. El punto es que el hecho tenía más de verdad que de leyenda. Cuando sucedió, en 1915, los concursos de imitaciones eran realmente populares como forma de entretenimiento (no olvidemos que él fue una de las primeras 'súper estrellas' del cine, adorado por esa paradoja que era ese hombrecito con atuendo de clase acomodada, pero sumido en la pobreza absoluta). Para el caso de los concursos de parecidos,  estamos hablando de este personaje (y no del actor, que andaría por la vida sin el bigote, el maquillaje, el sombrero bombín, los zapatos de payaso y su bastón)...

[Digresión para dato curioso: un actor aún novato, logró el primero puesto en uno de estos concursos en Cleveland. Su nombre era Bob Hope].

Volviendo al que nos ocupa aquí, existen datos que refuerzan lo curioso de la anécdota: por un lado, se dijo que  había acontecido en Monte Carlo -o incluso en Suiza-, y que el resultado lo había dejado en segundo o en tercero lugar (en este caso, no habría siquiera cualificado para llegar a la final). Además, hubo versiones que decían que su hermano, Syd Chaplin, había estado entre el jurado, y de hecho había seleccionado a quien salió primero. Lo cierto es que, como dice Joyce Milton -reconocido biógrafo del actor-, el concurso aconteció en un cine de San Francisco. El ganador lucía pantalones bolsudos, un saco ajustado, zapatos grandes para su talle -y en el pie equivocado-, y un bombín. Además, tenía el característico bigote -pero falso- y llevaba su bastón (recordemos que el concurso no implicaba ser parecido fisonómicamente al real Charlie Chaplin, sino en hacer una buena imitación de su personaje). Es aquí donde el verdadero, decide hacer la humorada de anotarse de incógnito, pero sólo logra perder. Cuando la broma fue descubierta, el actor declaró a un periodista que, dado lo penoso de las imitaciones, estuvo tentado de dar clases sobre el caminar de Charlot, con el deseo de que, al menos, se lo hiciese apropiadamente.







02/07/2011

Homenaje a Harvie (o sólo 'Fakts')

Este es mi humilde homenaje a ese pequeño-gran hombre: Harvie Krumpet (2003). Al igual que él (mejor dicho: porque lo aprendí de él), los llevo a todos anotados en un cuadernito pequeño, para cuando sea necesario usarlos. Curiosamente, me he cruzado con gente extraordinariamente culta, sensible y con mucho estudio, que los ignora. Así todavía puedo seguir confiando en ellos. Harvie tenía razón: no viene nada mal conocer fakts...


HECHO 10: Todas las termitas del mundo juntas pesarían diez veces más que todos los seres humanos juntos.

HECHO 23: La saliva de los perros es un antiséptico que ayuda a sanar heridas.

HECHO 49: En Rusia, lo que en América se conoce comúnmente como 'ensalada rusa', se llama allí 'ensalada americana' o 'ensalada francesa'.

HECHO 100: Los seres humanos son los únicos primates que no tienen pigmentación en la palma de sus manos.

HECHO 132: Los búhos son las únicas aves que pueden ver el color azul.

HECHO 144: A la edad de los sesenta años, la mayoría de las personas ha perdido el cincuenta por ciento de las papilas gustativas.

HECHO 166: Un hipopótamo puede correr más rápido que un hombre, alcanzando los 40 kilómetros por hora.

HECHO 207: Nuestra letra 'jota' proviene de la letra griega 'iota' y ésta vene de la 'iod'/'iud' hebrea (y es la letra veintidós del alfabeto de ese idioma, y su figura es muy pequeña, sólo un pequeño tilde. De aquí viene la frase 'no saber ni jota', lo que equivale a decir que 'no se sabe ni lo más mínimo de un asunto'

HECHO 234: Los perros son animales domesticados desde hace catorce mil años, mientras los gatos lo son hace siete mil años.

HECHO 344: El mármol es una roca que ha cambiado de su origen (era una caliza), cristalizandose por factores ambientales. Esto la hace una de las rocas clasificadas como 'metamórfica'.

HECHO 355: Un rayo alcanza una temperatura mayor a la de la superficie solar.

HECHO 444: Las arañas son 'hidrómetras', es decir, cazan, comen, nadan, bucean, caminan en la superficie y se reproducen en el agua. Esto sucede gracias a sustancia impermiabilizante que tienen en las patas, y que también actúa como una membrana de sustentación.

HECHO 471: La costumbre de arrojar una pizca de sal sobre el hombro izquierdo si la sal se derrama, proviene de los tiempos en que la sal era un bien preciado, y desperdiciarla era un pecado. Por esto estaría el diablo esperando detrás del culpable a su izquierda para, finalmente, apoderarse de su alma. Entonces, era necesario arrojar un poquito de sal en su cara para ahuyentarlo.

HECHO 482: La niebla es, simplemente, nubes a baja altura. Cuando el agua de ríos y mares se evapora, se condensan luego formando nubes que vemos en el cielo. Pero si la temperatura es baja o hay mucha humedad, la condensación ocurre al ras del agua, produciendo niebla.

HECHO 502: La Estatua de la Libertad fue esculpida en bronce, pero se volvió verde por efecto de la lluvia ácida, que la oxidó con sulfato de cobre.

HECHO 549: La costumbre de apagar las velas para un cumpleaños proviene de la Grecia antigua: En cada cumpleaños, se ofrendaba a la diosa de la luna un pastel de miel redondo (que representaba el ciclo lunar completo). Se le ponía encima cirios encendidos para soplarlos, y así el humo ascendería a ella. De este modo, el homenajeado estaría libre de los malos espírirus por un año.



He aquí lo que se. Por suerte, lo tengo anotado, y además, aún tengo páginas en blanco para seguir sumando otros.




La Vida o Harvie Krumpet


Harvie Krumpet es un maravilloso ejemplo acerca de lo que es la Vida. Y dentro de ella, una vida. No una vida cualquiera, sino la de Harvie Krumpet, que fue intensa, honesta y valiosa. Y como toda vida intensa, también fue simple. Y como toda vida honesta, también fue simple. Y como toda vida valiosa, también fue simple. 

Harvie nació en un bosque polaco con el Síndrome de Tourette, a sus dieciocho años, los nazis invaden y logra escaparse en un barco que decía "Australia", donde al llegar, trabajará por muchos años en un basurero. No para de entrar y salir del hospital -en el que pierde alguna parte de su anatomía interna y se lleva un pedazo de metal en su cabeza-, pero también gana al amor de su vida, Valerie, una enfermera con la que se casa, y con la que adopta a Ruby, una niña adorable, por la que ambos se esfuerzan por educar en el respeto y la ayuda a los demás. Cuando Harvie cumple 65 años, Val muere. Y, si bien Harvie queda solo y recibe algún que otro diagnóstico que lo mantiene en un hogar para que cuiden de él. Aún en esta situación, no todo está perdido para él, y hasta se da el lujo de conocer a una mujer muy, muy especial. 

Una de las características más tiernas de Harvie, es su método de conocimiento, que con amor legó a su niña, Ruby. Él optó por llenar su cabeza por toda suerte de cosas, y las llamaba HECHOS (concretamente 'fakts', y así mismo lo deletreaba, que después de todo, se entiende igual), como por ejemplo: "Los ojos de un avestruz son más grandes que su cerebro", o "Las mariposas huelen con los pies", o también "Los elefantes no pueden saltar sin importar con cuánta fuerza lo intenten". Harvie los apuntaba en un pequeño cuadernito que llevaba consigo, porque:

HECHO 48: Un hecho todavía existe, aun cuando sea ignoradoFakt 48: Fakts still exist even if they are ignored

Además, la vida parecía enseñarle algunos otros, como cuando llegó a su casa y la encontró quemada. Su madre habia dejado el fuego encendido, y Harvie encontró a sus padres allí, desnudos, y congelados:

HECHO 116: Algunos sapos pueden volver a la vida después de congelados. Los humanos no | Fakt 116: Certain frogs can come back to life when thawed. Humans do not.

Un día Harvie descubrió la TV, una fuente inmejorable para memorizar HECHOS. Pero no se olvidó de sacarlos de la vida real, donde continuó descubriendo: "Las banditas elásticas duran más si se mantienen secas", o "la Biblia fue escrita por personas que pensaban que la Tierra era plana", como también "El tiempo no cierra todas las heridas".


Harvie era cualquier cosa menos alguien que despreciase aprender de sus HECHOS. Siguió coleccionándolos, y una mañana hasta descubrió uno acerca de si mismo: 

HECHO 142: El cigarrillo es un sustituto para el pezón de nuestra madre | Fakt 142: A cigarette is a substitute for your mothers nipple.

La vida siguió, y Harvie pudo coleccionar estos que siguen, entre muchos otros más: 

HECHO 268: Existen 3 veces más gallinas en el mundo que seres humanos | Fakt 268: There are three times more chickens in the world than humans.

HECHO 372:  El problema con bailar desnudo es que no todo se detiene cuando para la música | Fakt 372: The trouble with nude dancing is that not everything stops when the music does. 

HECHO 586: El amor no lo conquista todo | Fakt 586: Love does not conquer all.

HECHO 698: Una persona normal usa 90 millas de hilo dental en su tiempo de vida | Fakt 698: The average person uses nineteen miles of dental floss in their lifetime.

HECHO 804: 42% de la población no consigue recordar la contraseña del banco | Fakt 804: 42% of the population can’t remember their pin number.

HECHO 914: El alcohol puede causar embriaguez y desnudez | Fakt 914: alcohol can cause drunkeness and nudity.

Y cerca del final de su vida, Harvie encontró el mejor HECHO, que es casi como su legado:

HECHO 1034: La vida es como un cigarro: Tienes que fumarla hasta el fin Fakt 1034: Life is like a cigarette. Smoke it to the butt.



Adam Elliot,
complicado por algo.
En todo este asunto, no debemos olvidar que la culpa es de Adam Elliot (un hombre con ese gesto a cámara, debe ser culpable de algo seguramente), un animador austrialiano criado con padres, hermanos y dos loros en una granja. A los doce años, comenzó a descollar en literatura inglesa, fotografía, escultura y dibujo, en una escuela privada para varones. Luego de pasar por la universidad, se dedicó a pintar remeras en el mercado artesanal. Luego de ese lapso, decidió estudiar animación en la Universidad Victoriana de las Artes. En ese lapso, rodó su primero corto: 'Uncle' ('tío'). Luego completó un poco más la familia con 'Cousin' (primo) y 'Brother' (hermano). Hacia 2003, se apareció con Harvie Krumpet, y dicen que hasta ganó un Oscar con ese muñequito.





Si aún no conocen al gran Harvie, aquí les dejo la muestra de su grandeza: 

Harvie con subtítulos en español: Primera Parte - Segunda Parte - Tercera Parte

Harvie legendado em português: Primeira Parte - Segunda Parte



Filosofía para Ver... (The Professionals, 1966)

Y para oír. Sí: 'filosofía para ver y para oír'. Tal vez deberíamos agregar 'en el recuerdo', pero es precisamente ese espíritu tan abandónico, tan traicionero, que tiene el dichoso recuerdo el que me sienta aquí, frente a mi computadora a escribir éste post (y espero que otros más, del mismo tipo, en el futuro).

El visionado de una buena película (o un buen guión bien contado) es una experiencia innenarrable para algunos, placentera para muchos y valiosa para ambos grupos sumados. Pero el re-visionado, esa empresa a la que sin conseción debemos someternos por la traición del recuerdo, puede renovar cosas realmente inigualables, perdidas por el momento, pero evocables si las enfrentamos una vez más. Ahora me tocó volver a disfrutar, por quinta o sexta vez, ese gran western, The Professionals (1966, Brooks), una genial adaptación de la novela A Mule for the Marquesa de Frank O'Rourke. El director y ávil guionista ya lo sabíamos muy bueno en lo suyo (hizo Cat on a Hot Tin Roof en 1958, Elmer Gantry con un descollante Burt Lancaster y una adorable Jane Simmons en 1960, el Lord Jim de 1965, In Cold Blood en 1967, como la polémica Looking for Mr. Goodbar en 1977, entre otras tantas), así que, el guión y los modos que eligió para lucirlo visualmente no son algo que no esperásemos... el buen hombre sabía filmar, escogía brillantes historias, y encima, sabía traducirlas bien al celuloide (lo que debe agradacerse, no sólo por el buen momento cinematográfico, sino por la justicia que le hizo a algunos de los tremendos escritores que las habían ideado).


Bill Dolworth: El cementerio de los sin nombre. Enterramos unos buenos amigos allí.
Rico: Y unos buenos enemigos.
Bill Dolworth: Esa fue una batalla del demonio. Sin hombres o armas, igual la ganamos.
Rico: Si, pero a quién le importa ahora... o siquiera lo recuerda?



Bill Dolworth: Saben quién se llevó a la mujer?
Rico: Raza.
Bill Dolworth: Nuestro 'Raza'? Un secuestrador?
Rico: Grant tiene una nota de rescate que lo prueba..
Bill Dolworth: Buenos ¡Que el demonio me lleve!
Rico: Nos llevará a la mayoría de nosotros




Hans Ehrengard: Qué hacian esos norteamericanos en la Revolución Mejicana?
Bill Dollworth: Tal vez sólo hay una revolución, desde el principio: los buenos contra los malos. La pregunta es: Quiénes son los buenos?




Henry Rico Fardan: Academia Militar de Virginia. Misión en Filipina. Cuba con los Jinetes Salvajes de Roosvelt. Casado con una mejicana, hoy fallecida. Se unió a Pancho Villa como experto en armamento y táctica.
J.W. Grant: Tu cabello estaba más oscuro.  
Henry Rico Fardan: Y mi corazón más liviano.



Bill Dolworth: Los hombres en ese tren eran Colorados. Tiradores expertos. También expertos en tortura. Un par de años atrás, quemaron y saquearon un pueblo de tres mil personas. Cuando terminaron, quedaban sólo cuarenta.. La mujer de Fardan era una de las afortunadas cuarenta. "Por qué eres una revolucionaria?" le preguntaron. "Pera librar al mundo de basuras como ustedes" dijo ella. La desnudaron, y la corrieron y la pincharon contra un cactus hasta que su carne estaba... Los otros treinta y nueve rebeldes la vieron morir... y no hicieron nada. Sólo miraron.




Jesus Raza: Cómo terminaste en trabajo sucio?
Bill Dolworth: Lo de siempre: dinero.
Jesus Raza: Todo es como siempre. Necesito armas y balas, como siempre. La guerra va mal, como siempre. Sólo tú... tú no sigues como siempre.  



Jake Sharp: Señor D. ¿Qué hace que un hombre cálido como usted sea dinamitador?
Bill Dolworth: Bueno, te cuento. Nací con una poderosa pasión por la creación. Y no se escribir, o pintar, o componer una canción...
Hans Ehrengard: Entonces, se dedica a volar cosas.
Bill Dolworth: Bueno, así es como el mundo nació. La mayor explosión de todas.



Jesus Raza: Sabes que, por supuesto, uno de nosotros debe morir. 
Bill Dollworth: Tal vez los dos.
Jesus Raza: Morir por dinero es una tontería
Bill Dollworth: Morir por una mujer es más estúpido. Por cualquier mujer, incluso ella.



Bill Dollworth: Ella será la mujer de Joe Grant de nuevo. 
Jesus Raza: Pero eso no cambia nada: Ella es mi mujer, ayer hoy y siempre.
Bill Dollworth: Nada es para siempre, sólo la muerte. Pregúntale a Fierro. Pregúntale a Francisco. Pregúntale a los del cememnterio de los sinnombre.
Jesus Raza: Ellos murieron por aquello en lo que creían.
Bill Dollworth: La revolución? Cuando pare el tiroteo y los muertos sean enterrados...  y los políticos tomen el poder nuevamente, todo será sólo una causa perdida.
Jesus Raza: Entonces... Tú quieres la perfección o nada. Sos demasiado romántico, compadre. La Revolución es como una gran historia de amor. Al principio, ella es una diosa. Una causa santa. Pero toda historia de amor tiene un terrible enemigo: el tiempo. La vemos como realmente es. La Revolución no es una diosa, sino una puta. Nunca fue pura, o santa, y menos perfecta. Entonces nos vamos. Buscamos otra amante, otra causa. Asuntos rápidos y sórdidos. Lujuria, pero no amor. Pasión, pero no compasión. Sin amor... sin una causa, no somos nada. Nos quedamos porque creemos. Nos vamos porque estamos desilusionados. Volvemos porque nos sentimos perdidos. Morimos porque no podemos evitarlo. 



[Bill Dolworth recorre con la mirada el cuerpo de Maria Grant's]
Maria Grant: Si?
Bill Dolworth: Sólo me preguntaba, qué hace que usted valga cien mil dolares... 
Maria Grant: ...Váyase al infierno.
Bill Dolworth: Sí, señora. Estoy en camino hacia él.






Al igual que de lo que no se puede hablar es mejor no hablar, de lo ya dicho prefiero, sin dudarlo, tampoco hacerlo.







23/06/2011

Arte de sus Huesos


Abadía irlandesa Mount Mellory
| foto: O.C.S.O. |
Tal vez esto pueda verse como otro modo de recordarnos cuál es nuestro verdadero destino, igual que el caso de los monjes de la abadía de Mount Mellory, de los que nos cuenta John Huston en su hermosa película Dubliness (1987), basada, por supuesto, en el relato homónimo de James Joyce. En el diálogo, se cuenta que los silentes monjes duermen en los que serán sus futuros ataúdes, con el fin de no olvidar su final, en este reino material, mientras se dedican a hacer penitencia por los pecados de los prójimos extramuros...


Pero no lo se con certeza.



El caso es que en la Iglesia de Santa María de la Concepción, en la Vía Véneto, hay un cementerio con paredes, arcos y bóvedas recubiertas de huesos y cráneos de unos cuatro mil monjes capichinos, dispuestos en fajas, círculos, rosetas y flores, como también nichos con los esqueletos enteros, vestidos con las ropas de la Orden. La iglesia fue construida por el cardenal Antonio Barberini en 1626. 



Se la conoce como la Cripta de los Frailes Capuchinos y hasta los artefactos de luz del pasillo que conduce a la bóveda están hechos de huesos. Sólo la capilla que se usa para la Misa -una celebración para los católicos- no tiene huesos. Parece que a principios del siglo XVII, los frailes capuchinos -llamados asi por la capucha que llevan en su hábito-, dejaron el convento de San Buenaventura llevando consigo los restos de sus difuntos, para trasladarlos a su ubicación actual, de las cuales sólo continúan en pie el cementerio y la iglesia. Colocaron los huesos a lo largo de las paredes y techos de las bóvedas, y los nuevos frailes de la orden siguieron enterrando a sus muertos allí. En este lugar iban todas las noches a rezar. En 1870 dejaron de enterrar a sus miembros allí, el año en que se dejaron de enterrar a los muertos en las iglesias católicas.

'El Niño Segador'
representación de La Muerte, con su guadaña.

En una de las criptas -conocida como de los Cráneos-, están ellos clavados en la parte posterior de la sala, formando un muro con tres arcos. Delante de ese muro de cráneos hay tres esqueletos de frailes. Cada pared lateral contiene los esqueletos de dos capuchinos, en nichos curvos. El techo está hecho de vértebras, costillas y huesos pequeños, formando tres círculos de flores.


En la Cripta de la Pelvis las paredes laterales tienen dos frailes capuchinos reclinados en un nicho con arcos. En la parte posterior, los huesos de pelvis de tres frailes forman el telón de fondo. Una roseta central de la sala está formada por siete omóplatos, con colgaduras de vértebras. Pero el mayor número de huesos está en la Cripta de los Huesos de las Piernas y los Muslos: Las dos paredes laterales están formada de huesos de las piernas y muslos, apilados y luego mezclados con calaveras. Cada pared lateral contiene cuatro nichos, con el esqueleto de un fraile de pie con su hábito. En el techo hay otras dos grandes flores hechas con omóplatos, y entre ellas un marco ovalado grande, de mandíbulas y vértebras.






Podría dar una pequeña reflexión provisional para cerrar este post, pero realmente prefiero no hacerlo. Las razones de ello no son incomprensión con esta decisión monacal, ni desaprobación. Pero los argumentos que demostrarían la ausencia de estos juicios condenatorios, se me hacen algo fragmentarios y poco claros. Supongo que son esas estructuras que mi tiempo y espacio -que algunos condensan en la palabra sociedad- me exhortan a aplicar, y que, cuando quiero eludir, dejan mi interior en la certeza de que 'hay algo más para pensar y decir' pero se hace muy difícil hacerlo. Por suerte, ya puedo permanecer en ese incómodo estado, sin aún avanzar a uno superador. Por un breve tiempo... luego vuelvo a la comodidad que me da esa señora que llenó mi cabeza de juicios, y que no le gusta que no los use. Lo malo de ello es que no puedo denunciar por sus eventuales atropellos a esta dama, la totalizadora sociedad.








No Tendrán Tu Verdad.


Un hombre que algunos señalan como un maestro (es decir, la versión reivindicativa del denostado término gurú), pero que -como todos los otros hombres y mujeres- es sólo un aprendiz, encontró un buen modo de explicar cuál es la búsqueda que será legítimamente valiosa para cada individuo (y necesariamente, nunca más allá de él mismo). 

Como siempre, no nos detendremos en el nombre del que expresó su idea con la siguiente historia corta, ni repararemos en los detalles locales o históricos del pasaje (o alguno de sus personajes):


En algún pueblo, un hombre decidió abrir una tienda de pescado, y puso en su puerta un gran cartel que decía: "Aquí se vende pescado fresco". El primer día que abrió, un cliente le dijo: "¿'Pescado fresco'? ¿Para qué aclaras que es 'fresco'? ¿Acaso venderías pescado rancio?" El tendero creyó que era sensato, porque, curiosamente, la idea de 'fresco' traía a la mente, también, la idea de 'rancio' a los clientes. Ahora se leía: "Aquí se vende pescado". Una ancianita llegó a la tienda al día siguiente, y le preguntó: "¿Usted vende pescado también en alguna otra parte?" El tendero dijo que no, y se dió cuenta que la palabra 'aquí'  debía ser eliminada, y así lo hizo. Al tercer día, otro cliente vino le preguntó: "¿Acaso alguien obsequia pescado?"... y el tendero decidió eliminar el verbo 'Se vende'. Ahora sólo quedaba 'Pescado'. En ese momento otro cliente le reprochó: "¿'Pescado'?. Incluso desde lejos, hasta un ciego podría olerlo". Y por eso el comerciante sacó la última palabra, dejando un cartel en blanco. Un momento después, un transeúnte le gritó: "¿Para qué tener un cartel en blanco sin sentido?". Y así el vendedor sacó el cartel dejando el vacío. La última referencia que tuvo de su cartel primero mutilado y ahora directamente desaparecido fue de un caminante que se detuvo por curiosidad: "Habiendo abierto una tienda tan grande, por qué no cuelgas un cartel que diga Aquí se Vende Pescado Fresco?.


Así es como sucede: todos ponen en juego una versión -seguramente bienintencionada- de una situación que, mientras los complacemos, no sólo vamos mutilando nuestro/s criterio/s, sino que luego de ese recorrido, se nos reclama por qué no hacer lo que ya habíamos pensado al principio... Eso sucede porque cada uno aporta una verdad, presentándola como 'la' verdad (aunque lo peor no es eso, sino que del mismo modo la compramos).  

La cuestión parece residir en la consciencia. En la consciencia del que recibe el consejo ajeno, y en la del que se atreve a darlo. Las personas valiosas no aconsejan, prefieren ayudarnos a ser (y a hacer) más conscientes nuestras propias decisiones. Claro que se pueden permitir -y aquí debemos agradecerles- darnos una intuición, o una perspectiva... pero lo fundamental para ellos será hacernos más despiertos para escoger entre la mejor opción, valida sólo para el momento y la posición en que nos encontremos (y concebida en nuestra propia consciencia, claro está). El fin de ello no es nada despreciable: despertándonos, podremos tener la confianza de que podremos escoger, en otro tiempo y posición diferente, también la mejor opción entre varias (aún cuando ésta no sea siquiera parecida a la primera. De hecho, reprochamos la falta de coherencia ajena, pero nunca pensamos en la coherencia que deberíamos reclamar a las situaciones en que esas personas decidieron... en otras palabras, olvidamos que deberíamos reprocharle a las circunstancias la misma carencia. Pero hacerlo -es decir, enrostrarle algo a una 'situación'- es, a toda vista, absurdo... aunque si lo hiciésemos, tal vez nos daríamos cuenta de que el reclamo que hacemos a las personas no es muy consistente...).

El punto aquí es no recortarnos según el deseo de los otros, y así acabar por ser un vacío que un otro viene a exigirnos que deberíamos llenar... es decir, no ser como el tendero, ni como los clientes... no dar consejos acerca de qué hacer en una situación determinada, sino ayudar a que el otro vaya encontrando sus decisiones... y no decidir según lo que otros creen, sino desde lo que nosotros estamos experimentando. Y así una y otra vez. Una y otra vez...

Por eso, no les recomendaría leer este post, y menos aún, que lo recomienden. 









11/06/2011

Sin título (XV)


Los argumentos son tan útiles contra los prejuicios, como lo son las galletas de chocolate contra el extreñimiento.


Max Pallenberg.






Groucho y El Hombre de la Bolsa

El Hombre de la Bolsa (the 'Booggie Man', o Bicho-papão) es alguien a quien deberíamos referirnos con mayúscula. No es un nombre propio, tampoco un ser ilustre, pero si es un ser... genérico. No en el sentido en que solemos pensar esa colectividad (como un número múltiple de individuos -diseminados o agrupados, pero en todo caso, muchos más que los que contaríamos con los dedos de la mano-), sino en el sentido determinante: por todos los que han vivido en cada una de nuestras mentes infantiles (y que contienen a todos los que nuestros padres han invocado para que la amenaza ante nuestra conducta se hiciese creíble). A veces venía en esos truenos que no tienen piedad, otras cuando creíamos que nos habían pescado in fraganti, y otras, cuando ya grandes, caminamos alguna calle oscura que parecía ir convirtiéndose en una jungla de monstruos a nuestra espalda a medida que la íbamos caminando (y en la que jamás nos volveríamos a mirar el recorrido hecho, por temor a comprobarlo). 

Lo importante es saber que el Hombre de la Bolsa que asusta a los chicos (y los grandes que jamás lo admitiríamos), no es el único hombre de la bolsa que existe. Y como si esto no alcanzase, tampoco es el único hombre con bolsa que asusta.  En el texto que sigue, Groucho Marx nos cuenta cómo eran los de su tiempo, con los que podríamos utilizar el mismo criterio que usamos para el que asociamos con el cuco, y dejarlos a todos, condensados en la idea genérica de El Hombre de la Bolsa. Suspendamos el efecto amedrentador por un momento, y dejemos que Groucho nos cuente, a su manera, como los especialistas en especulación fueron alimentando la gran bomba, hasta que ella se cansó y les explotó en la falda ese martes negro.




Cómo fui Protagonista de las Locuras de 1929.
Por Groucho Marx.


Muy pronto un negocio mucho mas atractivo que el teatral atrajo mi atención y la del país. Era un asuntito llamado mercado de valores. Lo conocí por primera vez hacia 1926. Constituyó una sorpresa agradable descubrir que era un negociante muy astuto. O por lo menos eso parecía, porque todo lo que compraba aumentaba de valor. No tenía asesor financiero ¿Quien lo necesitaba? Podías cerrar los ojos, apoyar el dedo en cualquier punto del enorme tablero mural y la acción que acababas de comprar empezaba inmediatamente a subir. Nunca obtuve beneficios. Parecía absurdo vender una acción a 30 cuando se sabía que dentro del año doblaría o triplicaría su valor. Mi sueldo semanal en 'Los Cuatro Cocos' era de unos U$S 2000, pero esto era una changuita en comparación con la guita que ganaba teóricamente en Wall Street. Disfrutaba trabajando en la revista pero el salario me interesaba muy poco. Aceptaba de todo el mundo confidencias sobre el mercado de valores. Ahora cuesta creerlo pero incidentes como el que sigue eran corrientes en aquellos días. Subí a un ascensor del hotel Copley Plaza en Boston. El ascensorista me reconoció y dijo:
-Hace un ratito han subido dos individuos, señor Marx, sabe? Peces gordos, de verdad. Vestían americanas cruzadas y llevaban claveles en las solapas. Hablaban del mercado de valores y, créame amigo, tenían aspecto de saber lo que decían. No se han figurado que yo estaba escuchándoles pero cuando manejo el ascensor siempre tengo el oído atento. No voy a pasarme toda la vida haciendo subir y bajar uno de estos cajones! El caso es que oí que uno de los individuos decía al otro: "Ponga todo el dinero que pueda obtener en United Corporation".
-¿Cómo se llaman esas acciones? -pregunté. Me lanzó una mirada burlona.
-¿Que pasa, mi amigo? ¿Tiene algo en las orejas que no le funciona bien? Ya se lo he dicho. El hombre ha mencionado la United Corporation...
Le di U$S 5 y corrí hacia la habitación de Harpo. Le informé inmediatamente acerca de esta mina de oro en potencia con que me había tropezado en el ascensor. Harpo acababa de desayunar y todavía estaba con su bata.
-En el vestíbulo de este hotel están las oficinas de un agente de Bolsa -dijo- . Espera a que me vista y correremos a comprar estas acciones antes de que se esparza la noticia.
-Harpo -dije- ¿estas loco? ¡Si esperamos hasta que te hayas vestido, estas acciones pueden subir diez enteros!. De modo que con mis ropas de calle y Harpo en bata, corrimos hacia el vestíbulo, entramos en el despacho del agente y en un santiamén compramos acciones de la United Corporation por U$S 160.000, con un margen del 25%.

Para los pocos afortunados que no se arruinaron en 1929 y que no estén familiarizados con Wall Street, permítanme explicar lo que significa ese margen del 25%. Por ejemplo, si uno compraba 80.000 dólares de acciones, solo tenia que pagar en efectivo U$S 20.000. El resto se le quedaba a deber al agente. Era, como robar dinero. 

El miércoles por la tarde, en Broadway, Chico encontró a un habitual de Wall Street, que le susurró:

-Chico, ahora vengo de Wall Street y allí no se habla de otra cosa que de Cobre Anaconda. Se vende a U$S 138 cada acción y se rumorea que llegará  hasta los U$S 500. ¡Cómpralas antes de que sea demasiado tarde! Lo se de muy buena fuente. Chico corrió inmediatamente hacia el teatro con la noticia de esta oportunidad. Era una función de tarde y retrasamos treinta minutos el alzamiento del telón hasta que nuestro agente nos aseguró que habíamos tenido la fortuna de conseguir 600 acciones. ¡Estábamos entusiasmados! Chico, Harpo y yo éramos cada uno propietario de 200 acciones de estos valores que rezumaban oro. El agente incluso nos felicitó: -No ocurre a menudo que alguien entre con tan buen pie en una compañía como Anaconda. 

El mercado siguió subiendo y subiendo. Cuando estábamos de gira, Max Gordon, el productor teatral, solía ponerme una conferencia telefónica cada mañana desde New York, sólo para informarme de la cotización del mercado y de sus predicciones para el día. Dichos augurios nunca variaban. Siempre eran "arriba, arriba, arriba". Hasta entonces yo no había imaginado que se pudiera hacerse rico sin trabajar. Max me llamó una mañana y me aconsejó que comprara unos valores llamados Auburn. Eran de una compañía de automóviles ahora inexistente.
-Marx -dijo- es una gran oportunidad. Pegará más saltos que un canguro. Cómpralo ahora, antes de que sea demasiado tarde. Luego añadió: -¡Por qué no abandonas ´Los Cuatro Cocos' y olvidas esos miserables U$S 2000 semanales que ganas? Son calderilla. Tal como manejas tus finanzas, aseguraría que puedes ganar más dinero en una hora, instalado en el despacho de un agente de valores, que los que puedes obtener haciendo 8 funciones semanales en Broadway.
-Max -contesté- no hay duda de que tu consejo es sensacional. Pero al fin y al cabo tengo ciertas obligaciones con Kaufman, Ryskind, Irving Berlin y con mi productor, Sam Harris (lo que por entonces no sabía era que Kaufman, Ryskind, Berlin y Harris compraban también con margen y que finalmente iban a ser aniquilados por sus asesores financieros). Sin embargo, por consejo de Max, llamé inmediatamente a mi agente y le instruí para que me comprara 500 acciones de la Auburn Motor Company.

Pocas semanas mas tarde, me encontraba paseando por los terrenos de un club de campo con el señor Gordon. Grandes y costosos cigarros habanos colgaban de nuestros labios. El mundo era una delicia y el cielo asomaba en los ojos de Max (y también unos símbolos de dólar). El día anterior las Auburn habían pegado un salto de 38 enteros. Me volví hacia mi compañero de golf y dije: -Max ¿cuanto tiempo durara esto? -Max repuso, utilizando una frase de Al Jolson: -Hermano, ¡todavía no has visto nada! Lo más sorprendente del mercado, en 1929, era que nadie vendía una sola acción: todo el mundo las compraba sin cesar.


Un día, con cierta timidez, hable a mi agente en Great Neck acerca de este fenómeno especulativo.
-No se gran cosa sobre Wall Street -empecé a decir en tono de disculpa-, pero ¿qué es lo que hace que esas acciones sigan ascendiendo? ¿No debería haber alguna relación entre las ganancias de una compañía, sus dividendos y el precio de venta de sus acciones?. Por encima de mi cabeza, miró a una nueva víctima que acababa de entrar en su despacho y dijo:
-Señor Marx, tiene mucho que aprender acerca del mercado de valores. Lo que usted no sabe respecto a las acciones serviría para escribir un libro.
-Oiga, buen hombre -repliqué-. He venido aquí en busca de consejo. Si no sabe usted hablar con cortesía, hay otros que tendrán mucho gusto en encargarse de mis asuntos. Y ahora, ¿qué estaba usted diciendo? Adecuadamente castigado y amansado, respondió:
-Señor Marx, tal vez no se dé cuenta, pero éste ha dejado de ser un mercado nacional. Ahora somos un mercado mundial. Recibimos órdenes de compra de todos los países de Europa, de América del Sur e incluso de Oriente. Esta mañana hemos recibido de la India un encargo para comprar 1000 acciones de tuberías Crane. Con cierto cansancio, pregunté:
-¿Cree que es una buena compra? 
-No hay otra mejor -me contestó-. Si hay algo que todos hemos de usar son las tuberías (se me ocurrieron otras cuantas cosas más, pero no estaba seguro de que aparecieren en las listas de cotizaciones.)
-Eso es ridículo -dije-. Tengo varios amigos pieles rojas en Dakota del Sur y no utilizan las tuberías.- Solté una carcajada para celebrar mi salida, pero él permaneció muy serio, de modo que proseguí-. ¿Dice usted que desde la India le envían órdenes de compra de tuberías Crane? Hummm. Si en la lejana India piden tuberías, deben de saber algo sensacional. Apúnteme para 200 acciones; no, mejor aún, que sean 300. 
Mientras el mercado seguía ascendiendo hacia el firmamento, empecé a sentirme cada vez más nervioso. El poco juicio que tenía me aconsejaba vender, pero, al igual que todos los demás tipos, era avaricioso. Lamentaba desprenderme de cualquier acción, pues estaba seguro de que iba a doblar su valor en pocos meses. En los diarios actuales leo con frecuencia artículos relativos a espectadores que se quejan de haber pagado hasta U$S 100 por dos entradas para ver My Fair Lady -personalmente, opino que vale esos U$S100-…

Bueno, una vez pagué U$S 138.000 por ver a Eddie Cantor en el Palace. Todos sabemos que Eddie es un cómico estupendo. Incluso él lo reconoce sin ningún inconveniente. Tenía una revista maravillosa. Cantaba Margie Ahora es el Momento de Enamorarse y Si Conociesen a Sussie. Mataba de risa al público con sus bromas características, y terminaba cantando Whoope. En resumen, era un exitazo. Tenía ese algo magnético que hace destacar a una estrella del montón anónimo. Cantor era vecino mío en Great Neck. Como era viejo amigo suyo, cuando terminó la  representación fui a verle a su camerino. Eddie es un conversador muy persuasivo, y antes de que yo pudiera decirle lo mucho que había disfrutado con su actuación, me hizo sentar, cerró rápidamente la puerta, miró a su alrededor para cerciorarse de que nadie le escuchaba y dijo: -¡Groucho, te adoro! No había nada de peculiar en aquel saludo. Así es como la gente del teatro habla entre sí. En el teatro existe una ley no escrita respecto a que cuando dos personas se encuentran (actor y actriz, actriz y actriz, actor y actor, o cualquier otra de las variaciones y desviaciones del sexo) deben evitar cuidadosamente los saludos habituales de la gente normal. En cambio, deben abrumarse mutuamente con frases de cariño que, en otros sectores de la sociedad, suelen estar reservadas para el dormitorio.

-Encanto -prosiguió Cantor- ¿qué te ha parecido mi espectáculo? Miré hacia atrás, suponiendo que habría entrado alguna muchacha. Desdichadamente, no era así, y comprendí que se dirigía a mí.
-Eddie, cariño -contesté con entusiasmo verdadero- ¡has estado soberbio! Me disponía a lanzarle unos cuantos piropos más cuando me miró afectuosamente con aquellos ojos grandes y brillantes, apoyó las manos en mis hombros y dijo: -Guapo ¿tienes algunas Goldman-Sachs?
-Dulzura -respondí (a este juego pueden jugar dos)-, no sólo no tengo ninguna, sino que nunca he oído hablar de ellas. ¿Qué es Goldman-Sachs? ¿Una marca de harina? Me cogió por ambas solapas y me atrajo hacia sí. Por un momento pensé que iba a besarme.

-¡No me digas que nunca has oído hablar de las Goldman-Sachs! -exclamó  incrédulamente-. Es la compañía de inversiones más sensacional de todo el mercado de valores. Luego consultó su reloj y dijo:

-Hum. Hoy es demasiado tarde. La Bolsa está ya cerrada. Pero, mañana por la mañana, muchacho, lo primero que tienes que hacer es coger el sombrero y correr al despacho de tu agente para comprar 200 acciones de Goldman-Sachs. Creo que hoy ha cerrado a 156... ¡y a 156 es un robo! Luego Eddie me palmoteó una mejilla, yo le palmoteé la suya y me fui... 
¡Amigo! ¡Qué contento estaba de haber ido a ver a Cantor a su camerino! Imaginate, si no llego a ir aquella noche al teatro Palace, no hubiese tenido aquella confidencia. A la mañana siguiente, antes del desayuno, corrí al despacho del agente en el momento que se abría la Bolsa. Aflojé el 25% de U$S 38.000 y me convertí en afortunado propietario de 200 acciones de la Goldman-Sachs, la mejor compañía de inversiones de América. Entonces empecé a pasarme las mañanas instalado en el despacho de un agente de Bolsa, contemplando un gran cuadro mural lleno de signos que no entendía. A no ser que llegara temprano, ni siquiera me era posible entrar. 
Muchas de las agencias de Bolsa tenían más público que la mayoría de los teatros de Brodway. Parecía que casi todos mis conocidos se interesaran por el mercado de valores. La mayoría de las conversaciones sólo hablaban de la cantidad que tal o cual valor habían subido la semana pasada, o cosas similares. El plomero, el carnicero, el panadero, el hombre del hielo, todos anhelantes de hacerse ricos, arrojaban sus mezquinos salarios -y en muchos casos, los ahorros de toda la vida- en Wall Street. 

Ocasionalmente, el mercado flaqueaba, pero muy pronto se liberaba de la resistencia que ofrecían los prudentes y sensatos, y proseguía su continua ascensión. De vez en cuando algún profeta financiero publicaba un artículo sombrío advirtiendo al público que los precios no guardaban ninguna proporción con los verdaderos valores y recordando que todo lo que sube debe bajar. Pero apenas si nadie prestaba atención a estos precavidos tontos y a sus palabras idiotas de cautela. Incluso Barney Baruch, el Sócrates de Central Park y mago financiero americano, lanzó una llamada de advertencia. No recuerdo su frase exacta, pero venía a ser así: "Cuando el mercado de valores se convierte en noticia de primera página, ha llegado la hora de retirarse".

Yo no estaba presente en la Fiebre del Oro del 49. Me refiero a 1849. Pero imagino que esa fiebre fue muy parecida a la que ahora infectaba a todo el país. El presidente Hoover estaba pescando y el resto del gobierno federal parecía completamente ajeno a lo que sucedía. No estoy seguro que hubiesen conseguido algo aunque lo hubieran intentado, pero en todo caso el mercado se deslizó alegremente hacia su perdición. Un día concreto, el mercado empezó a vacilar. Unos cuantos de los clientes más nerviosos cayeron presas del pánico y empezaron a descargarse. Eso ocurrió hace casi treinta años y no recuerdo las diversas fases de la catástrofe que caía sobre nosotros, pero así como al principio del auge todo el mundo quería comprar, al empezar el pánico todo el mundo quiso vender. Al principio las ventas se hacían ordenadamente, pero pronto el pánico echó a un lado el buen juicio y todos empezaron a lanzar al ruedo sus acciones, que por entonces sólo tenían el nombre de tales.

Luego el pánico alcanzó a los agentes de bolsa, quienes empezaron a chillar reclamando los márgenes adicionales. Esta era una broma pesada, porque la mayor parte de los accionistas se habían quedado sin dinero, y los agentes empezaron a vender acciones a cualquier precio. Yo fui uno de los afectados. Desdichadamente, todavía me quedaba dinero en el banco. Para evitar que vendieran mi efectivo empecé a firmar cheques febrilmente, para cubrir los márgenes que desaparecían rápidamente. Luego, un martes espectacular, Wall Street lanzó la toalla y se derrumbó. Eso de la toalla es una frase adecuada, porque por entonces todo el país estaba llorando. Algunos de mis conocidos perdieron millones. Yo tuve más suerte. Lo único que perdí fueron U$S 240.000 (o 120 semanas de trabajo, a U$S 2000 por semana) Hubiese perdido más, pero ese era todo el dinero que tenía. 

El día del hundimiento final, mi amigo, antaño asesor financiero y astuto comerciante, Max Gordon, me telefoneó desde New York. En cinco palabras, lanzó una afirmación que, con el tiempo, creo que ha de compararse con las citas más memorables de la historia americana. Me refiero a citas tan imperecederas como "No abandonéis el barco", o "No disparéis hasta que veáis el blanco de sus ojos", "¡Dadme la libertad o la muerte!", y "Sólo tengo una vida que dar por la patria". Estas palabras caen en una insignificancia relativa al ponerlas junto a la frase del famoso Max. Pero charlatán por naturaleza, esta vez ignoró incluso el tradicional hola. Todo lo que dijo fue:



"¡Marx, la broma ha terminado!"



Antes de que yo pudiese contestar, el teléfono se había quedado mudo. En toda la bazofia escrita por los analistas de mercado, me parece que nadie hizo un resumen de la situación de una manera tan sucinta como mi amigo el señor Gordon. En aquellas cinco palabras lo dijo todo. Desde luego, la broma había terminado. Creo que el único motivo por el que seguí viviendo fue el convencimiento consolador de que todos mis amigos estaban en la misma situación. Incluso la desdicha financiera, al igual que la de cualquier otra especie, prefiere la compañía. Si mi agente hubiese empezado a vender mis acciones cuando empezaron a tambalearse, hubiese salvado una verdadera fortuna. Pero como no me era posible imaginar que pudiesen bajar más, empecé a pedir prestado dinero del banco para cubrir los márgenes que desaparecían rápidamente. Las acciones de Cobre Anaconda (recuerda que retrasamos treinta minutos la subida del telón para comprarlas) se fundieron como las nieves del Kilimanjaro (¡no creas que no he leído a Hemingway!), y finalmente se estabilizaron a U$S 2,78. La confidencia del ascensorista de Boston respecto a la United Corporation se saldó a U$S 3,12 ¡Las habíamos comprado a U$S 60! La función de Cantor en el Palace fue magnífica y de tanta calidad como cualquier actuación en Broadway. Pero ¿Goldman-Sachs a U$S 56? Eddie, cariño ¿cómo pudiste? Durante la máxima depresión del mercado, podía comprárselas a un U$S 1 cada una. El ir a la ruina financiera no constituyó una pérdida total.

A cambio de mis U$S 240.000 obtuve un insomnio galopante, y en mi círculo social ese insomnio empezó a sustituir al mercado de valores como principal tema de conversación…







Restan sólo dos comentarios: el primero, que todos los destacados son míos. Y el segundo, que cualquier semejaza con lo acontecido hace unos pocos años, y lo que vuelva a pasar dentro de otros tantos, es mera casualidad... Sin excepción: no insista.




08/06/2011

Salve Dziga Vertov!

       De 'Entusiasmo' (Vertov, 1930) 
imagen MOMA
Sabía que el melodrama cinematográfico es el opio de los pueblos. La fabulación burguesa vedaba la vida tal y como es (era). Y agregaba: 'nosotros/as consideramos simplemente que lo esencial en el cine es fijar los documentos y hechos, fijar la vida y los acontecimientos históricos'.

Su cámara rompía la maldición de la inmovilidad del ojo humano y así, ese cine-ojo se deshacía de la -ahora- no tan ineludible estructura de tiempo-espacio, y por fin (POR FIN) podía coordinar todos los puntos del universo... porque podía registrarlos. La misión de todo ello era a toda vista exitante: crear una nueva percepción del mundo: ¡La posibilidad de ver un mundo desconocido! Aunque no era tan simple, o, al menos, no tan inmediato: antes había que pasar por la labor de montaje, donde todas esas tomas, se organizarían temáticamente para que el mismo todo se convirtiese en verdad.

La cámara tenía que alejarse cada vez más de la simple copia: sobreimpresiones, pantallas que se parten, mosaicos, pantallas en espejo, picados y contrapicados, movimientos acelerados, montaje rítmico y de acción invertida... Distanciándose de como vemos con los ojos al desnudo, nos hace captar más con ellos. Lo real proviene de haber hecho -de un modo específico- una construcción 'irreal'. Es una 'artificialidad' que expande la acotada naturaleza de nuestros ojos. Y el trabajo restante, pues lo hará la mente, cosiendo esas partes, asociándolas, resignificándolas. La cámara no es un modo cómodo de recabar datos y más datos, sino un facilitador, para que nuestros ojos, capten y trabajen más de lo que la selección natural en su evolución le han dado. 


Esto era sólo una parte de su entusiasmo. Y es, además, una parte pequeña, mínima, de todo lo que le debemos. Salve, Dziga Vertov!